5.09.2017

El relato y el metro



"Cuando alguien te dice que le hiciste daño, no tienes derecho a negarlo".

Me despierto. Parpadeo y noto que de nuevo me dormí con las lentillas, mojo los dedos con mi propia saliva y los introduzco en los ojos. La mujer que duerme a mi lado, que no huele como tú, que no sabe como tú, que habla como una desconocida, gime un poco y me pregunta sin mirarme si estoy bien. Ha vuelto a coger mi camisa. Detesto cuando lo hace. Cuando se va yo las meto a lavar. Voy al baño, enciendo el grifo, cierro el váter y me siento. 

Siempre había odiado soñar. Sigo odiándolo hoy en día. Sobre todo, detesto soñar con cosas del pasado. Con gente del pasado. Es como un ciclo infernal del que no puedo salir y el que observo frustrado viviéndolo una y otra vez. Sintiéndolo. Soportándolo. Del que despierto resacoso, vacío y roto.
Es muy injusto enseñarle a una persona algo que no quiere ver. Y yo nunca quise ver en qué habíamos fallado. La última vez que te vi me leíste uno de tus relatos sobre nuestra luna de miel. Sobre las infidelidades. Sobre cómo nos mudamos de piel. Sobre puentes derrumbados.

El reloj me dice que en seis minutos me tendría que estar levantando. Caliento el agua para el café y busco el tabaco. No tengo tabaco. Pienso que es mejor así. Que así no fumo. Me vuelvo a engañar.

Me había propuesto ser mejor. Después del divorcio miraba a las mismas paredes, las mismas plantas, los mismos libros. ¿Habían cambiado o había cambiado mi modo de verlos? A veces, sentía el impulso de deshacerme de los restos de ti, pero, ¿qué haría con mis entrañas? Lo importante era seguir con la rutina: café, cigarillo, trabajo, cama. Y todo lo demás se acabaría poniendo en su lugar.

Antes de coger el metro voy a por tabaco. Insistiendo en mi falso objetivo - dejarlo de una vez - compro cigarrillos individuales en lugar de un paquete entero. Odio el metro desde que nos divorciamos. Te conocí allí. Te miré y me sonreíste. Te di mi número y te pedí que me dieras un toque. Me dijiste, "En el metro no tengo señal" y me hiciste salir en tu parada. Esa mañana desayunamos juntos. Comimos juntos. Cenamos juntos. Pasamos seis putos años juntos. No sé por qué pero te sigo buscando en el metro. Ni siquiera sé en qué ciudad vives ahora. Pero a veces huelo tu perfume y me quedo sin aliento. Nunca eres tú. 

Sigo idealizándote a pesar de todo lo que nos hicimos. Y de pronto, te veo. El panel de control de mi cerebro suelta chispas y lucho con mi orgullo, mi miedo y mi anhelo. Te huelo de nuevo, mi corazón se acelera y mi estómago se hunde. Nos metemos en el mismo vagón. Mi boca está seca y mis manos sudan. Me has visto. Me sigues el rollo. Hablamos un poco. Quiero pedirte tu número, nueve cifras que sabía de memoria pero que cambiaste hace tiempo. "Si te doy mi número, ¿me darías un toque?" te digo y me arrepiento. "En el metro no tengo señal," no dudas en decir. Sales en la próxima parada. Dejo que las puertas se cierren.

El relato y el puente



Había dejado de escribir cuando nos divorciamos. Me di cuenta a los años. La última vez que quedamos para hablar llovía y teníamos en frente un enorme puente que ya dejó de existir. Traje la libreta y le leí un relato sobre nuestra luna de miel. Estaba incómodo y doblaba la servilleta sin mirarme. Podía ver que no le gustaba. En ese momento no entendía si era el relato o el recuerdo en sí. Yo guardaba ambos con ternura: ese pueblo en la montaña, la pequeña habitación, el vino barato, las ásperas sábanas, la señora que tocaba el piano cerca de la recepción cada mañana...

Cerré la libreta y le miré. Me gustaba lo que había escrito. Me gustaba ese pueblo, esa montaña, esa habitación. A él no y parecía querer irse. Entonces, el puente se derrumbó. Dejamos de llamarnos. Dejé de escribir. Es tan difícil escribir sobre las personas que conoces si esas personas saben que escribes sobre ellas pero no son capaces de ver que lo haces por y para ti, a tu manera y no simplemente para redactar algo que había sucedido. Quiero decir, ¿para qué reescribir los hechos? Lo que pasó ya fue, y ese relato era algo diferente. Pero nunca lo supo ver.

Incluso durante la luna de miel estaba enterrado en su trabajo y una noche no vino a cenar. Acabé sola en el restaurante y los camareros me miraban con pena y sonreían tratando de animarme. No tomé postre y fui a pagar, irritada. Ya cerraban y el cocinero estaba fumando fuera. Le pedí fuego y nos quedamos mirando el atardecer. "Lo más difícil es adivinar cuánta sal necesita cada cliente," me dijo. Me resultó curioso que tratara de hacerlo, cuando mi pareja de 6 años seguía sin recordar que nunca tomaba el té con azucar y me preguntaba cada mañana cuántas cucharas quería con mi té.

A veces me arrepiento de haberle leído ese relato. Porque es injusto mostrar a una persona lo que no quiere ver. Y él nunca quiso ver en qué fallamos. Recuerdo que, sintiéndose culpable, me llevó una noche más a aquel restaurante antes de irnos del pueblo. La verdad es que el cocinero era bastante malo. "Cocina sin alma", le dije cuando volvíamos al hotel. Él fumaba, mirando al mar y me apretaba la mano. Porque, qué más da si aciertas con la cantidad de sal si no pones tu corazón en lo que haces.

Least favorite life

 


She ate very little but cried a lot. I laid in bed and though about her while listening to the clock, the tick-tock. Wondering why life wasn't as simple as that sound. Sometimes she was easy: a bath and some tea and she was happy falling asleep in my arms while I touched her hair. Other times, I counted the wounds on her overblown from the alcohol lips while she sobbed on the other side of the couch. I felt so much pity for her and almost guilty about living while she was struggling to exist. You know how you can format your computer and think how you can be all calm because everything has been deleted, but it's not as easy as that. There's always some leftovers and shit left. The same with the brain. Hers worked that way. And after crying a lot she would usually get angry with the world and disappear on me for a couple of weeks. I got used to that too and stopped asking questions. When she came back the sex was amazing. No sadness left. Just a need to feel alive. I couldn't judge her. I mean, who was I to do that, after all? A little branch she grabbed on to get a breather before being dragged by the river. She always came back more loving. She let me kiss her thoughts, touch her feelings and bite her desires. Her religion was sex. The sex of bodies and minds. Oral, both ways. But all her Gods were dead. She criticized a lot, without aspiring to comprehend. She had answers for everyone but herself. I failed to frighten her nor surprise her with nothing. She told me from the beginning that she didn't want to have kids with me because they remind her of aging and death. And that she died too many times already. The only thing she could be embarrassed of was her child, her creation. For, whatever she gave birth to was a sin. But it had such beauty and authenticity... I could never blame her for that.

2.03.2017

Parásitos entre rodapiés


Cuando cumplí diez años, me propuse dejar de hablar. No quería tener nada que ver con mi familia y el mundo en general. Papá trabajaba y cuando no trabajaba bebía. Mamá decía que yo estaba muy enferma. Botecitos, sobres, pastillas, gotas, jeringuillas, cremas, supositorios y vendas por toda la casa. Todo absolutamente desinfectado. 
El apartamento era pequeño. Al entrar, en seguida empezaba el pasillo que te llevaba a la cocina. A mitad del pasillo colgaba el teléfono donde mamá pasaba casi todo el tiempo. A la izquierda - la habitación donde mamá, papá y yo dormíamos juntos. La cama ocupaba casi todo y estaba llena de almohadas y mantas. Tardábamos mucho en hacerla y deshacerla. Al lado de la ventana había dos sillas y una pequeña mesa. En el diminuto baño mamá me hacía saunas provisionales y duchas frías. Las puertas no se cerraban en la casa porque mamá hacía "un retoque" cada cuatro meses y cubría el papel de las paredes con otras capas porque se cansaba de los mismos estampados. Con el suelo hacía lo mismo y cuando caminábamos se oía un ruido extraño al pisar todas esas capas de papel. El salón estaba lleno de flores artificiales que no podía tocar. Un jarrón tenía una tarántula de mentira con la que a veces jugaba cuando mamá estaba descansando. En los armarios se escondían platos que permanecían también intactos. Vasos y cubiertos que sólo se movían para quitarles el polvo. En la esquina del salón había una pequeña televisión, regalo de mi tío. Pegado al salón - el balcón con sacos de patatas, trigo y azúcar que papá traía del trabajo. Mamá me prohibía hablar de eso en el colegio. 
 - ¡Que no saltes, maldita! ¡Me vais a llevar a la tumba! ¿Me oyes? ¡Tu padre y tú! ¡A la tumba! 
Papá bebía y no hacía ruido en su esquina. Cuando no estaban peleados jugaban a las cartas mirando por la ventana.
 - Mira, mira... Nastasia Fiodorovna camina con mil bolsas de nuevo, que se le van a caer los brazos. Petia, ¿qué me miras como un pez a una bicicleta? ¡Baja! ¿No? Vaya inútiles. ¡Nastia! ¡Nastenka! Petia bajará ahora a ayudarte, anda, pon esas bolsas en el suelo. ¿Dónde anda tu parásito? ¿Bebiendo de nuevo?
Ríen.
 - Petia, por el amor de Cristo, ¿qué andas buscando? Las botas están allí. Cierra la puerta que sino Valechka se resfría, lo sabes, que tiene los pulmones débiles, mírala, bracitos como hilos, mi niña. ¿Qué miras? ¿Te has tomado las vitaminas?
Asiento con la cabeza y toco el cabello enredado de mi muñeca favorita que cierra los ojos cuando la tumbo. Cuando daba el follón por las noches mamá se quejaba, que ojalá fuese como la muñeca, que ojalá cerrara los ojos al tumbarme.
 - ¿Todas? ¿Seguro? Que eres una mentirosa como el parásito de tu padre. Todos parásitos. Sólo chupáis y chupáis y chupáis mi sangre. ¿Quién me va a curar a mi, Valechka? Estoy segura de que estos pinchazos que tengo en el corazón no son normales. ¿Y la tensión? Tendré que pedir a Nastasia Fiodorovna que me mida la tensión de nuevo. ¡Mira, el cretino! Le he dicho que cierre la puerta. ¿De la neumonía quién te va a curar? ¿Él? Sí, claro. Sólo si por cada pastilla que te da le den un chupito. Ojalá estuviera tu tío vivo, Valechka. Ese sí que era un hombre. 
Remueve las cartas mirando por la ventana.
 - ¿Dónde se ha metido el parásito? Lleva media hora fuera. Como se haya juntado con el de Nastasia... que les conozco. Son tal para cual. Dios mío, ¿dónde están los hombres buenos? Murieron, ¿me oyes? Todos en la guerra murieron, todos. Se ha quedado esto. Trapos y parásitos que chupan sangre y llevan a las mujeres a la tumba. 
Asentía y asentía con la cabeza mientras peinaba a mi muñeca. En media hora me tenía que tomar dos sobres y a las 4 me dibujaba una rejilla en el pecho con iodo para calentarme "esos huesos de campo de concentración". Hoy venía a las 7 y media la abuela que a veces me traía pastelitos de dulce de leche y yo me los comía a escondidas. Me encantaba cuando venía. Me leía poemas y traía dibujos que yo podía colorear. Siempre acababa discutiendo con mamá y se iba llorando. En mi casa se lloraba mucho. 
 - Lesia Ivanovna, buenos días, sí, soy yo. Oiga, disculpa que le moleste de nuevo pero creo que voy a tener a Valechka una semana más en casa. No me gusta la tos que tiene la niña. No me gusta y punto. Sí, claro. Hombre, pues claro que la llevé y me dijeron eso. Le escucharon respirar y roncaba la criatura. Se escuchaba por todo el pasillo del hospital. Pues que le acerque Mijail los deberes, y yo le ayudo que fui profesora y maestra muchos años, ¿sabe? Hasta que me casé con este parásito y me tuve que quedar en casa con la niña. Pero vaya, que antes- ¿Cómo? ¿Se tiene que ir? Bueno, bueno. Ya no la detengo más. Muchísimas gracias. Sí, que se venga Mijail con las anotaciones. Buen día.
Cuelga el teléfono.
 - Pero, ¡qué embustera! Se tiene que ir dice. ¿A dónde? Si está más sola que la una. Llega de la capital y se piensa mejor que los demás con sus métodos. Torta en la boca es mi método. ¿Qué me miras?
Muevo los hombros un poco, incómoda por las mentiras. Nunca habíamos ido a ningún hospital y odiaba faltar a clase. Allí Misha y yo corríamos como locos y tropezábamos. Robábamos comida de la cafetería y nos la comíamos en los baños antiguos donde en lugar de váteres había agujeros en el suelo. Tirábamos los huesos de las cerezas allí. 
 - Pero bueno, ¿has visto la hora? Siéntate, que te voy a preparar los sobres. Ai, deja a la muñeca en paz, que no se va a ir a ningún lado. Ojalá te preocuparas tanto por tomarte las medicinas como te preocupas por la muñeca. Además, tu abuela te la regaló hace años, ¿qué haces jugando con ella? ¿Vas a hablar o te has tragado la lengua? Dios mío, esto es un manicomio. Tómate esto, niña. Y túmbate a ver la televisión o lee calladita un rato, me está empezando a doler la cabeza. ¿Dónde está el furúnculo de tu padre? Voy a llamar a Nastasia Fiodorovna.
 - ¿Hola? ¿Nastenka? Soy yo, Nadia. ¿Has visto al mío? ¿Que le mandé a ayudarte con las bolsas y no ha vuelto? ¡¿Cómo?! Pero, ¿qué me dices? ¿Con el tuyo? ¿Hace cuánto? ¡Vaya parásitos! ¡Le voy a matar! Te juro, un día voy a encerrar la casa desde dentro y que se congele en la calle como un perro callejero, así te lo digo. Hombre, claro. Y dormiré tan contenta. ¡Demonio! ¡Peor que un demonio! Claro, Nastenka, así tengo la tensión. Así estoy. Pero, ¿acaso me puedo centrar en mí? ¿Tú sabes lo que me gustaría ir a Sochi a calentarme los huesos? A tomarme baños de algas esas negras que tienen. Y no puedo. Me lo chupa todo. ¿Y la otra? Que nació más débil que un palito, que la partes con sólo mirarla. Sola los llevo, Nastenka. Sobre los hombros. So-la. Hombre, claro, tenía a mi Dimochka que me ayudaba con todo y era mi vida y mi luz, pero murió hace tres años, lo sabes. Y luego dicen, reza y cree en Dios. ¿Qué Dios se lleva a angelitos así y puebla la tierra de parásitos inútiles que te hacen hijos y pasan la vida bebiendo? Hombre, mi madre esa es otra. Artista, sí. Del teatro de mi vida. De mi drama. La protagonista de su película vital. Pero, qué dices, hizo cuatro obras en su vida y piensa que es una estrella. Ve esas películas que digo, madre, ¿qué ves? Porquerías francesas con pavos reales y no hombres. ¿No tenemos buen cine soviético? No, dime, Nastenka. Es que no parece de este planeta. Mete tonterías en la cabeza de la niña. En lugar de ayudarla con los deberes le trae dulces, que luego estoy semanas curándola de sarpullidos y reacciones alérgicas, que es intolerante la criatura hasta al oxígeno. Mira, mira... a la tumba me van a llevar todos. Le trae poemas raros y se quedan allí susurrando en la esquina. Digo, haz los deberes con tu nieta, sabes que me duele la cabeza, que tengo la tensión alta y... empieza el teatro. Claro, como le falta en la vida real, aquí se desenvuelve y el público aplaude, uno medio bizco del vodka que no sabe ni dónde está y la otra con diez años abrazándola, "abuela, ¡no te vayas, no te vayas!" Porque claro, yo estoy en mi casa, pero no puedo decir nada. Les tengo que dejar en la esquinita susurrando. Y se me llena el corazón de rabia, Nastenka, porque estarían todos muertos sin mi. Nadie me merece, te lo digo así. Y no es orgullo, que Dios me perdone, es verdad.
Saca un pañuelo sucio del bolsillo de su bata y suena los mocos. Se limpia las lágrimas.
 - Nada, nada, que me espere Dimochka, que a este ritmo estaré pronto con él, en sus brazos. Siempre era el favorito de mamá, yo lo sé. Pero, ¿sabes qué? Yo lo entiendo y todo. Era mi favorito también. Tan dulce, tan bueno. En seguida me avisó, que me alejara del parásito, pero era una tonta enamorada. Con una madre que volaba por las nubes, que en lugar de decirme, "Niña, ¿qué haces? Vete a Moscú, seguro que acabarás siendo una profesora universitaria y te casarás con un decano", leía sus obras y corría de un lado para otro cantando y saltando. Así acabamos todos, por su culpa. Dimochka que se metió con aquella banda y acabó comiéndose un balazo y yo, en este manicomio. Pero, claro, esto no se lo puedo decir, que me monta aquí una obra que ni se le ocurriría al mismísimo Gogol. Gastando la pensión en gilipolleces. Digo, dame algo, que sabes que le tengo que comprar antibióticos a la niña que si no tiene la gripe, tiene otra cosa. Pero no, claro. ¿Para qué? Mejor traerle basura occidental y que me vomite toda la noche...
Nunca he vomitado.
 - ... a traer algo decente. No pasa nada. Dios no es tonto, todo lo ve. Soy una santa, la verdad. No sé de dónde tengo esta paciencia, pero te digo Nastenka que acabarán conmigo y me sacarán de aquí en un ataúd. ¿Cómo? ¡Qué trabajo! Estoy todo el día vigilando que el parásito no falte a la fábrica, que ya lleva dos avisos el diablo, que no saque el oro de la casa. Que vendió, maldita sea su estampa, el anillo de mi bisabuela. Cuánto lloré, Nastenka... Cuánto lloré... Si no tuviera a la criatura le mataba. Y me hubiera dado igual ir a la cárcel. Le mataba y me mataba yo. Pero claro. ¿Con quién la dejo? ¿Con la artista del circo perdido? Me la mata en dos días. No puedo trabajar, querida. Tengo que cuidar a la niña que recae una cosa mala, sobre todo en invierno. Sí... dile gracias a Mijail que siempre trae los deberes. Qué buen niño tienes. Se llevan muy bien, la verdad. Y qué sano es. Qué suerte. Dios le bendiga. Pues lo que te decía, que en invierno es el frío, en primavera las alergias. Descanso en verano un poco. Pero ya sabes cómo son los niños. Que se cae, se araña, digo, ya está. Infección. Come algo por allí por la calle. Que es que, se hace amiga de cualquiera, la boba. Más boba... luego diarrea. Y así estamos. Ni salgo ya. Y tengo unos vestidos de cuando era joven... unos zapatos. Te los enseñaré un día. Ah, ¿ya los has visto? Perdona, querida, que tengo la cabeza ya... que me va a explotar. ¿Qué dices? ¿Ha venido tu parásito? ¿Borracho como una cuba no? ¡Ai, ojalá se congelen como perros! ¿Y el mío? ¿No está? Ya vendrá, ya. Ya verá. Bueno, sí, sí, vete querida. Que ahora tendrás cosas que hacer. Yo voy a tumbarme un poco. Que en nada vendrá el verdugo de mi vida y luego la otra.
No he podido evitar sonreír al pensar en abuelita. Mamá cuelga el teléfono.
 - Bueno, te apartas ¿no? Vaya familia de egoístas. Sólo yo doy y doy. ¿Dejas que tu madre se tumbe un momento? Que no me sostengo en pie.
Se oyen unos ruidos en la puerta de una llave que intenta abrir pero fracasa. Escuchamos la tos de papá. Probaba de nuevo pero no conseguía introducir la llave.
 - ¡PA-RÁ-SI-TO! 
Mamá se levanta de golpe y sin mostrar ni rastro de su debilidad. Abre la puerta y agarra a papá del cuello del abrigo. Lo introduce dentro de un modo tan brusco que se le cae el gorro. Se tambalea y se pone a cuatro patas en el suelo. Empieza a quitarse los zapatos masticando el labio y mirando a la nada.
 - ¿Qué? ¿Ya estamos, no? ¿Ya estamos? ¿Qué haces, chimpancé? ¿Para esto te doy un chupito a medio día? ¿PARA ESTO? ¡Mírame cuando te hablo! ¡Eres un payaso! ¡Estoy harta de ti! ¡Harta! Tú no eres un hombre, eres ba-su-ra. Dimochka tenía razón, que en paz descanse.
 - Na- Na- Nadia... yo... sólo... los chicos estaban... con lo del domino... sólo uno, Nadia, te lo juro por Valechka...
Mamá le suelta un bofetón. Papá se agarra de la cabeza y se desliza por la pared al suelo.
 - Aaaaiii... Nadia... ¡duele, Nadia! No pegues en la cabeza... 
 - ¡No jures por la niña, diablo! Tú eres la maldición de esta familia, no sirves para nada, ¿me oyes? Voy a tirar esa botella ahora mismo al váter y tú ven y mira cómo desaparece el amor de tu vida. Trapo, ¡peor que un trapo! Los trapos por lo menos tienen una utilidad en esta vida. Pero tu eres basura.
Mamá corre a la cocina y saca del armario una botella de cristal. Papá intenta levantarse de golpe, pero se derrumba y se enreda con la fina alfombra de la entrada.
 - Nnnn... ¡Nadia! ¡Nadeshda! ¡No! ¿Me oyes? ¡No! ¡Ni... se... te ocurra!
 - ¿Qué pasa? ¿Sufres? ¿No quieres que tire tu droga? Mira, te la daba para que te la bebieras toda y te ahogaras de una vez, pero prefiero ver cómo sufres. 
Abre la puerta del baño. Papá gatea lo más rápido que puede hasta la puerta. Comienza a sollozar al escuchar el líquido caer por las paredes del váter.
 - ¡¡¡Noooooo!!! ¡Bruja! ¡Eres una bruja! Era... regalo...
 - Hazme un regalo, anda. Vete y desaparece de mi vida. Parásito. Sólo eso sabes: domino y vodka. Hombres, se hacen llamar. Basura.
Mamá vuelve al salón y se tumba, respirando rápido. 
 - Quítate esa ropa que apesta a tabaco y alcohol y limpia ahora mismo todo. No quiero microbios por la casa, sabes que tienes una hija muy débil. Si es que te acuerdas de que tienes una hija.
 - ¡Valechka...! Ven con papá...
 - Ni se te ocurra moverte. Quieta aquí, que puedes pillar de todo del parásito. ¿Me oyes?
Me levanto corriendo para abrazar a papá. Lo encuentro llorando con la ropa mojada por la nieve en mitad del pasillo. Su cara está hinchada y rosa, la barba me raspa la mejilla. Pequeñas venas finas y azules recorren su redonda nariz. Huele fatal y tiene las manos sucias.
 - Pero, bueno. ¿Esto qué es? Un cuadro de una familia reencontrada: una que sin mi ya estaría muerta y el otro que se acuerda de su hija sólo si tiras sus botellas por el balcón. Te he dicho que no le toques, que está más intoxicado que el mendigo de la plaza. Lávate las manos ahora mismo y vete al salón.
Me levanto para hacerle caso.
 - La niña tiene que ir al colegio, Nadia. No puedes tenerla siempre aquí.
 - ¡¿Cómo?! ¡¿Qué?! ¿Te atreves de verdad? ¿Te atreves a decir esto? ¿Qué sabes de la niña? ¿Has hecho alguna vez los deberes con ella? ¿Les has dado por lo menos alguna pastilla? ¿Sabes lo que le duele? ¿Lo que puede comer? ¿Lo que no puede?
 - Nadia... no le pasa... nada.
Papá se levanta lentamente y comienza a desvestirse. 
 - ¡¿Cómo te atreves?! ¡Te odio! ¡Nunca has sido de ayuda! ¡Deje todo por ti! ¡Mi carrera! ¡Mi futuro! ¡Todo! ¡Has pasado los años bebiendo! ¡Estás podrido por el alcohol! ¡Ya no te queda cerebro! ¡No sabes lo que dices! La niña debe ir al colegio...
            Mamá se calienta cada vez más siguiendo a papá por la casa y le golpea con los puños.
 - ...porque así no la tienes aquí en casa y no te sientes culpable cuando bebes y robas. Si es que sabes todavía lo que significa la palabra "culpa"
 - Nadia... no toqué el anillo. Te lo... dije. Mil veces. La niña... tiene que estudiar. Déjala vivir.
 - ¡Demonio! ¡Demonio! ¿Cómo te atreves? ¡Se que vendiste el anillo de babushka Lida, lo sé! Te lo bebiste todo.
 - ¡No!
 - ¡Sí, diablo!
 - ¡Mentira!
 - Te lo bebiste como toda mi sangre. 
Mamá cae al suelo y empieza a llorar.
 - Toda mi juventud... Ven, Valechka, abrázame. Ven.
Papá llora apoyado en la esquina de la habitación. Sabía que tenía que abrazar a mamá, pero papá me daba siempre más pena. Llorando, corro hacia él y le abrazo.
 - ¡Ah! ¡Ah! ¡Con que así! ¿Eh? Malditos seais todos. Estoy sola. Siempre he estado sola.
Mamá se levanta y sale descalza por la puerta. Miro a papá. Me aparta y tambaleándose la sigue.
 - ¡Nadia! ¡Nadia, entra! ¡Ven!
Temblando me siento en el suelo crujiente de tantos papeles, tantas capas que mamá ponía cada tres meses para tapar todo lo anterior. Abrazo a mi muñeca y nos tumbamos juntas en el suelo. Cerramos los ojos. Escucho gritos en el portal y de pronto, oigo la voz de mi abuela. Me levante de un salto y me acerco a la puerta pero a pesar de las ganas, no salgo mucho más. Sé que podría coger meningitis como mínimo si pisara ese suelo descalza.
 - ¡Babushka!
Grito una y otra vez agarrando la puerta.
 - Valechka, mi vida no te preocupes. Entra anda, no cojas frío. Estamos subiendo. Todo está bien, mi niña. ¿Me oyes? Entra.
Me alejo de la puerta e intento ver algo en la oscuridad del portal. Aparecen mi abuela y papá, llevan a mamá por la escalera. Esconde el rostro en el abrigo de la abuela.
 - Petia, prepara una valeriana, por favor. Hola, mi vida. ¿Cómo estás? No te preocupes, mamá se ha puesto un poco nerviosa. Ahora nos tomamos todos un té y nos calmamos. ¿Verdad, hija? Anda, siéntate, Nadia.
Veo una figura más, esperando en el portal. Pasa el peso de su cuerpo de un pie a otro. Camina hacia la puerta y reconozco a Konstantin Vlodimirivich, un amigo de la abuela. Era muy alto y grande y siempre tenía una sonrisa incómoda y culpable cuando aparecía por casa. Mamá hablaba poco con él y ponía los ojos en blanco cuando él llegaba. Papá se ponía contento porque a veces, "Kostik", como le llamaba cariñosamente abuelita, le daba unos rublos a escondidas de mamá. Una vez, hasta me dio uno, y compré un libro sobre diferentes animales e insectos que presté a Mijail pero que nunca me devolvió. 
 - Pasa, Konstantin. ¿Qué haces en la entrada, hermano? Pasa.
Papá abraza a Konstantin y lo introduce en la casa. Cierran la puerta. Me veo en el salón, expulsada por la muchedumbre de la entrada.
 - Mamá, vente mañana mejor. No estoy bien. 
 - Ya veo que no estoy bien, pero para estas cosas estoy aquí, ¿no? ¿Dónde colgamos los abrigos? Madre, mía, no cabe nada en este armario. 
 - Lo siento, la verdad. Siento que no vivamos en un palacio. Pero esto es lo único que nos podemos permitir con lo que ganamos. No todos tenemos novios ricos, madre.
 - ¡Nadia! ¡Discúlpate ahora mismo! ¿Me oyes?
 - ¡No te preocupes, Nadeshda! Nadie lo dice de broma, lo sé. A mí me da igual, la verdad. No hay necesidad de que nadie se disculpe. Voy a lavarme las manos. 
Pasan a la cocina y les miro desde el otro lado del pasillo.
 - Siéntate y cálmate, Nadia. Cuánta tragedia en esta casa. Siempre fuiste una niña tan alegre y feliz. No comprendo qué he hecho mal y me lo pregunto cada día...
Abuela empieza a buscar tazas por los armarios. Mamá apoya su cara entre las manos y gime.
 - Para. Actriz, que eres una actriz y siempre has actuado toda la vida y has fingido. Has fingido que te importo, has fingido que querías tener una familia. Sólo querías estar en tu teatro y conocer a hombres. Así acabámos: yo enterrada aquí y Dimochka muerto.
La taza cae de la mano de la abuela y se rompe en pedazos. Konstantin empieza a recoger todo rápidamente, disculpándose y papá apenas le ayuda, tambaleándose se sienta en la silla y mira a mamá.
 - Nadia...
 - ¿Qué? ¡¿Qué?! Todos: Nadia... Nadia... Nadia... No digas eso, Nadia, que puedes herir a tu madre, tampoco digas eso, Nadia, que puedes herir al alcohólico de tu marido... No hagas esto, Nadia...
Mamá da un golpe fuerte en la mesa. Papá sobresalta. Mamá empieza a llorar. Todos se quedan en silencio. Parece que dura una eternidad. Me siento en el suelo de la entrada, entre botas y zapatos y les observo. Ojalá dejaran de llorar y de hablar pronto. Así podría ir con abuelita al salón a colorear y a hablar. Quizás me había traído pastelitos. Mi estómago hace un ruido.
Abuela está apoyada en la mesilla. Limpia unas lágrimas de sus mejillas con una cara seria. Mira a su hija.
 - Nadia, hemos venido a por Valechka.
Mamá se levanta de la silla tan rápido que la tira del suelo. Yo también me levanto y siento mi corazón en la garganta. Busco con la mirada mi muñeca.
 - ¡¿Qué?! ¡Jamás! ¡Te lo dije mil veces y te lo vuelvo a repetir: jamás!
Se enfrenta a abuela temblando.
 - Si te la llevas, antes me tendrás que matar. ¿Me estás oyendo? ¿Tú qué? ¡Parásito! ¿No vas a decir nada? ¿Te da igual que intenten secuestrar a tu hija?
 - Nadia...
Papá se rasca la cara y mete las manos entre las rodillas. 
 - Que se la lleven...
 - ¡¿Qué?!
Abuela camina hacia mi.
 - Bonita, vístete, nos vamos.
 - ¡Valia! ¡No! ¡Valia! ¡Vete a la habitación y no te muevas de la esquina!
Me meto en la habitación pero empiezo a vestirme en silencio. Mis manos tiemblan y veo mi muñeca tumbada en el suelo, la agarro.
 - ¡Petia, llama a la policía ahora mismo! ¡No te vas a llevar a mi hija!
 - Nadia, sabes que no vendrían aunque se tratara de un atraco. Joder, no queda ni una gota por la casa...
Mamá agarra los hombros de la abuela.
 - ¡No te la vas a llevar!
 - Nadeshda, nos llevamos a la niña a Moscú. Kostik ha conseguido una promoción, los de la oficina le ofrecen un apartamento. Llevaremos a Valechka a un buen colegio. Mi hija, no estás bien. Necesitas un tiempo para asentarte y calmarte. La niña se va esta misma noche con nosotros. Tenemos los billetes del tren. Apártate.
 - ¡No te vas a llevar a mi hija! ¡No le harás lo mismo que me hiciste! ¡Me abandonaste! ¡Jamás fuiste una buena madre! ¿Acaso ahora intentas serlo? ¡Y me vuelves a abandonar! ¡Te odio! ¡Vete ahora mismo de mi casa! 
Salgo al pasillo, vestida y agarrando mi muñeca del brazo. Miro confusa a mi abuela, esperando una señal. Ambas me miran. Konstantin Vlodimirovich se pone las botas. Papá aparece detrás y apoya su cabeza en la pared.
 - Kostik, cuida de Valechka.
Pone su mano en su hombro.
 - Nosotros cuando nos pongamos en pie iremos a por ella...
Mamá le mira a él y agita la cabeza.
 - No... no podéis. ¿Me oís? No podéis. Me niego.
Abuela se pone los zapatos me coge de la mano.
- Venga, Valechka. Vamos.

Siempre me costará recordar lo que pasó después. Mamá gritaba mucho. Los vecinos abrían y cerraban las puertas. Veía luces y sombras, caras. Los ecos de los pasos rápidos sobre los escalones torcidos. El coche azul en la entrada. Mi abuela empujándome, cristales sucios. Mamá, descalza sobre la nieve, golpeando la venta. Mamá corriendo detrás del coche. La silueta de su bata roja, bailando entre el blanco de la nieve. Y poco más. 

12.03.2016

La tragedia de los "azules" en Rusia


            La homosexualidad existe tanto cuanto existe la humanidad. Aunque la Biblia no lo aplauda, los hombres se acostaban con hombres desde épocas remotas. Los judíos, los griegos, los romanos, los habitantes de las Américas todavía no descubiertas y los del continente africano… Las mujeres no eran las únicas que encontraban placer en las caricias masculinas.

La homosexualidad en el Antiguo Estado Ruso (s. XI-XVII)

            El concepto “sodomía” en sí era un término opaco en la Antigua Rusia, pues se refería tanto a las relaciones homosexuales como al sexo anal ignorando el género de la pareja. Incluso, se utilizaba la palabra para referirse al sexo tradicional que se practicase en una postura que no fuera la del “misionero”. Puede parecer sorprendente juzgando los acontecimientos actuales, pero en la Antigua Rusia se trataba con más comprensión la homosexualidad en comparación con el Occidente. Se tenía en cuenta la edad, el estado civil, la frecuencia con la que se hacía y si la persona a la que se tachaba de homosexual era la que inició el acto. A los adolescentes y a los solteros se les juzgaba menos que a los casados. Curiosamente, las relaciones lésbicas se consideraban como una clase de masturbación y eran mejor vistas que las relaciones sexuales llevadas a cabo por dos personas heterosexuales no casadas.
            Con Kiev como capital, la Rus de Kiev fue invadida por los mongoles (s. XI-XIII) y otros pueblos nómadas. Tras recuperar su independencia y establecer como nueva capital Moscú, Rusia absorbió numerosas costumbres de sus invasores. Las mujeres sufrieron una estricta segregación, su vida social se redujo al mínimo y no obtenían ningún tipo de educación. En cuanto al matrimonio, los vínculos se establecían según los intereses de la familia y normalmente, los futuros esposos ni siquiera se conocían antes de casarse. No constan apenas testimonios en papel de relaciones románticas entre hombres y mujeres en la Rusia del siglo XVI. En lugar de ellos, numerosas observaciones de tanto extranjeros como los propios rusos acerca del sorprendente número de relaciones homosexuales entre hombres.
            Así pues, mientras en Inglaterra, Holanda, Alemania y España la homosexualidad se castigaba con tortura o muerte, en Rusia, hasta la época de Pedro I, era algo normal. Por primera vez se consideró como acto merecedor de castigo en 1706. Un documento militar firmado por el zar constataba: “Por mantener relaciones con hombres, niños o animales se castiga con la hoguera”. Sin embargo, el propio Pedro I al que se conocía por su picante bisexualidad, suavizó el castigo en 1716, modificando el documento y reemplazando “la hoguera” por “castigos corporales severos” o “exilio eterno” en casos de violación.

Finales del siglo XVIII hasta la primera mitad del siglo XIX

            Al aumentar el contacto con los extranjeros durante el siglo XVIII, los rusos observaron que en el Occidente la sodomía se juzgaba y se veía como algo horrible e inconcebible. Y es que, entre todas las costumbres occidentales, una que influenció Rusia fue la homofobia. La homosexualidad abierta que se mostraba antes de Pedro I desvaneció para siempre. Únicamente la paciencia y la aceptación permanecían en las clases sociales más bajas y en las regiones periféricas y lejanas.
            En la otra punta de la escalera social donde se hallaban los más ultraconservadores, se podrían ver políticos y militares de altos cargos que practicaban unas curiosas formas de corrupción y nepotismo, pues jóvenes guapos que les auxiliaban ascendían “sin razón aparente”.

“Azul” como identificador de la homosexualidad

            Una de las versiones por las que la palabra “azul” pasó de adjetivo a nombre a la hora de referirse a los hombres homosexuales, se apoya en la hipótesis que consta que la homosexualidad se practicaba sobre todo en las capas sociales más elevadas, entre los aristócratas de “sangre azul”.
            El concepto “sangre azul” proviene del francés “sang blue”, aunque originalmente nació en Castilla, pues su aristocracia estaba orgullosa de no haber mezclado nunca sangre con los moros y de su piel clara y venas azules. Y por una razón desconocida, precisamente entre estos hidalgos orgullosos era donde más se practicaba la homosexualidad.

Segunda mitad del siglo XIX: la homosexualidad durante la revolución

            Los movimientos revolucionarios en Rusia, desde los años 60 del siglo XIX, comenzaron a tomar una creciente importancia, y si en sus comienzos predominaba lo popular, durante su trayectoria se agregaron las corrientes socialistas, anarquistas y marxistas, concretamente en los años 90. Ignorando a los autores de los programas políticos – ya fueran Bakunin, Marx o Proudhon – los revolucionarios rusos del final del siglo XIX y principio del XX, practicaban una ética puritana y patriarcal con vistas radicalmente utilitaristas. Precisamente esta mentalidad constituyó la base de los problemas sexuales que se sufrían durante la época de la Unión Soviética.



            Estas personas solían ser hijos de los curas pueblerinos. De impulsos radicales, se dejaron influenciar por sus raíces religiosas aceptando que la revolución necesitaba el sacrificio y la represión de cualquier sentimiento y pensamiento que no tuviera que ver con ella, pues un interés intenso por el sexo se consideraba como un pecado y un acto de contrarrevolución.
            La revolución de 1905 obligó a Nicolás II legalizar todos los partidos políticos, permitiendo el establecimiento de un sistema parlamentario y a eliminar la censura en la prensa, ofreciendo la libertad de expresión. Así pues, del 1905 al 1917, en Rusia floreció la época de la autoexpresión del individuo. Justamente en esta atmósfera la homosexualidad comenzó a manifestarse abiertamente en la sociedad, sobre todo en el campo militar y en las cárceles. La mayoría de los prisioneros llegaban habiendo practicado ya las relaciones homosexuales, otros se volvían gays en la propia prisión. Se construyó todo un sistema de perversión de los prisioneros más jóvenes por parte de los más veteranos. Se probaba de todo: la corrupción, la oferta de protección, las amenazas y, por último, la violencia. Los pasivos terminaron comportándose con una mentalidad casi femenina: cuidaban su aspecto e, incluso, se maquillaban. Siempre se les llama con nombres de mujeres. Antes de llevar a cabo la “corrupción” de algún nuevo prisionero, se le conquista tratándole bien y satisfaciendo todos sus caprichos. Después del acto, comenzaba el desprecio. Sin embargo, extrañamente, los activos no sufrían de semejante trato y cobraban en los ojos de los demás hasta más aprecio y respeto.

La homosexualidad en los tiempos soviéticos

            El gobierno provisional, establecido por los revolucionarios socialistas y demócratas tras la abdicación de Nicolás II en febrero de 1917, sobrevivió durante 8 meses. El régimen, continuamente amenazado por los monárquicos y los bolcheviques, intentaba defender los derechos y las libertades del hombre en unas condiciones hasta entonces jamás conocidas en Rusia.
            Era un periodo durante el cual las mujeres y las minorías tenían todos los privilegios y derechos sociales y políticos, entre ellos, el derecho al voto. El arrebatamiento del poder en octubre del 1917 por parte de Lenin y Trotsky, que supuestamente representaba la protección de los derechos exigidos en las revoluciones de 1905 y febrero de 1917, tristemente acabó denegándolos a la sociedad.  
            La revolución de octubre interrumpió el desarrollo naturales de la cultura homosexual en Rusia. Los bolcheviques odiaban cualquier tipo de sexualidad que no se podría controlar por el gobierno ni que tuviera fines reproductivos. Además de eso, como los izquierdistas europeos, asociaban las relaciones homosexuales al desmembramiento de las clases sociales y estaban seguros de que la victoria de la clase obrera sobre las demás acabará con “todo tipo de perversiones”.
            Tras la revolución de 1917, se abolieron las leyes que castigaban a los homosexuales, pero esta modificación no se llevó a cabo por los bolcheviques, sino por los anarquistas y los cadetes. En los códigos penales y civiles entre los años 1922 y 1926 la homosexualidad no se mencionaba, aunque en las repúblicas islámicas como Azerbaiyán, Turkmenia, Uzbekistán y Georgia, lugares donde más se practicaba el sexo no tradicional, curiosamente estas leyes permanecían.
            Los médicos y los juristas soviéticos estaban muy orgullosos de su legislación tan progresista. Incluso, en la Liga Mundial de la Reforma Sexual llevada a cabo en Copenhague en 1928, la legislación de la URSS se ponía como ejemplo. Se decía lo siguiente en la Gran Enciclopedia Soviética: “La jurisdicción soviética no conoce esos, denominados crímenes, enfocados contra la moral. Nuestras leyes, originadas del principio de la defensa de la sociedad, reconocen el castigo sólo en los casos en los que la homosexualidad sea forzada sobre los menores”.
            La postura oficial de la medicina y jurisdicción soviética en los años 20 consistía en que la homosexualidad no es un crimen, pero sí una enfermedad difícil o prácticamente imposible de curar. Lo cierto es que, la opinión acerca de la postura que tomaron los líderes soviéticos ante la homosexualidad suele ser errónea al compararla con las visiones de Gran Bretaña o Alemania. Esas opiniones se defienden indicando que, efectivamente, en 1917 Lenin eliminó las leyes que discriminaban a los homosexuales, pero lo que ignoran es que lo que realmente eliminó fue toda la Legislación del Imperio Ruso. Es decir, con la abolición del Código Penal Real se legalizaba el asesinato, la violación y el incesto. Entre los años 1917 y 1922 en Rusia no había leyes que los prohibiesen.

La penalización de la homosexualidad

            A partir del año 1933 el Comité Soviético presentó una propuesta de ley que se legalizó en 1934, que convertía la homosexualidad en un crimen y esta norma entró en los códigos penales de todas las repúblicas soviéticas. La ley 121 indicaba que la homosexualidad se castigaba con 5 años de cárcel y en los casos del uso de la violencia o amenazas o prácticas con menores – hasta 8 años de cárcel. En los años 40 se pensaba que la homosexualidad era un producto de la descomposición de las clases explotadoras que no sabían qué hacer en una sociedad socialista, basada en unos principios sanos. De este modo, la homosexualidad estaba ligada a la contrarrevolución. Posteriormente los médicos y los juristas la definían como “la descomposición de la burguesía”, repitiendo palabra en palabra la argumentación que utilizaban los fascistas alemanes.
            La ley 121 cambió muchísimos destinos. Entre los años 1930 y 1980, más de mil personas fueron condenadas a la cárcel. A partir de los años 80 las cantidades fueron disminuyendo. La duda estaba en cómo afectaba la ley a los prisioneros que practicaban la homosexualidad en la propia cárcel. Lo cierto es que el sistema penitenciario soviético perpetuaba en sí mismo la homosexualidad. La razón está en que el sistema criminal, su simbolismo, su lenguaje y sus rituales están muy ligados a las relaciones jerárquicas que, obviamente, tienen que ver con el poder, la sumisión y la dominación, y las que se practican en casi todos los grupos masculinos. En el ámbito criminal, la violación es casi un ritual – principalmente utilizado para aclarar quién está en el poder o para establecer la dominación sobre el resto. La víctima, a pesar de la resistencia, pierde la dignidad y el prestigio, mientras que el violador los gana. Cuando se producen cambios en el poder en la cárcel, los jefes anteriores se violan, bajando de eslabón jerárquicamente. Es decir, la cuestión ni siquiera está en la orientación sexual o en la ausencia de las mujeres, sino en la fuerza bruta con la que funciona la cárcel a la hora de establecer quién domina y quién está sometido.



            Los candidatos asegurados a la violación suelen ser los prisioneros jóvenes. Muchos son violados incluso en el camino hacia la cárcel. La mayoría no iban allí por la ley 121, pero al ser “degradados” no tenían otra opción que seguir practicando la homosexualidad en la cárcel. Algo parecido sucedía también en las cárceles femeninas, donde las mujeres débiles de carácter y guapas eran sometidas por mujeres fuertes y masculinas, satisfaciendo sus caprichos y sus deseos sexuales. Estos estados eran incambiables durante la estancia en la cárcel e, incluso, a la administración le venía bien. Frecuentemente los propios agentes de la policía y el personal de seguridad amenazaban con “sodomizar” a los prisioneros para conseguir confesiones o información necesaria.
            En realidad lo que sucedía en las cárceles soviéticas tampoco se diferenciaba demasiado de las cárceles occidentales o estadounidenses, pero hay que tener en cuenta el desarrollo de los individuos y el contexto social y económico de la URSS, al que cabe añadir el mal funcionamiento administrativo y la pobreza de las propias cárceles rusas. Como consecuencia, todo lo que sucedía entre sus paredes era muy violento y horrible. La subcultura carcelera afectó sin duda la mentalidad de todo el país e influenció en lo militar: jóvenes atractivos forzados bajo amenazas y violencia a satisfacer a los veteranos a cambio de protección y liberación de trabajos físicos. La verdad es que las promesas casi nunca se cumplían, y el rol sexual de la víctima pronto se hacía conocido en todo el cuerpo militar, por lo que, como consecuencia, el violado cargaba no sólo con las obligaciones militares, sino con satisfacer sexualmente a los soldados.
           Cabe añadir que la policía y el KGB tenían listas de todas las personas que fueron sospechadas de ser homosexuales y utilizaban esta información como método de chantaje. Estas listas, obviamente, existen hoy en día.

La homosexualidad en la URSS en los años 80 y 90

            Debido a que ser homosexual era ilegal, hasta finales de 1991 los “azules” no tenían dónde conocer a los demás de su tipo. En las ciudades grandes existían “puntos de encuentro”, pero el miedo a ser descubiertos y juzgados era tan grande que éstos carecían de intimidad o calor humano. El sexo frecuente y efímero entre desconocidos aumentaba el riesgo a contagiar enfermedades venéreas. Temiendo ser descubiertos, los enfermos no pedían asistencia médica por lo que generalmente era demasiado tarde como para curarlos.
            La defensa de sus derechos era imposible de concebir. Los grupos organizados de delincuentes, a veces con el invisible apoyo de la policía, provocaban, chantajeaban, pegaban y asesinaban a los homosexuales, denominando estos horribles actos como “la restauración social”. Debido a que los gays no lo denunciaban, otra vez, por miedo, estos crímenes no se castigaban. La 121 se aplicaba muchas veces para encarcelar a personas de otras ideologías. Los juicios se manipulaban por el KGB y a las personas del mundo de las artes, que no idolatrasen al gobierno, seguidamente se les despedía y con humillación se les arrastraba a la cárcel.
            Otra razón de la tragedia psicológica de los homosexuales rusos consistía en que ellos mismos no sabían quiénes eran. La medicina y la educación no les ayudaban. En los años 70 comenzaban a aparecer los primeros libros sobre la sexualidad. La homosexualidad se definía entre sus páginas como “una peligrosa perversión y enfermedad”.
            A partir del año 1987, la pregunta acerca de qué era la homosexualidad, cómo tratar a los “azules”, si considerarlos como enfermos, criminales o víctimas – comenzó a considerarse con una frecuencia elevada en los medios. Aparecían columnas con entrevistas a los homosexuales y cartas de sus familias. Poco a poco la sociedad comenzó a conocer los horrores de las vidas destrozadas, el despotismo de la policía, las manipulaciones jurídicas, las violaciones en las cárceles y en el ámbito militar, la trágica soledad de miles de personas, destinadas a sobrevivir en un eterno miedo, sin poder encontrar pareja o comprensión.
            En mayo de 1993 la ley 121 desapareció. Se hizo principalmente debido a la presión social, aunque mayoritariamente para poder facilitar la entrada de Rusia en el Consejo Europeo. Su desaparición provocó diferentes reacciones, por lo que en 1997 en un nuevo Código Penal, el artículo 132 volvía a indicar que “la homosexualidad se considerará como un acto criminal sólo en el caso de ser forzada sobre una víctima o practicada con menores”.

Las manifestaciones políticas de la homosexualidad en la esfera pública rusa

            Las cosas fueron cambiando. En Moscú y San Petersburgo comenzaron a funcionar abiertamente bares y discotecas de gays. Los gays y las lesbianas comenzaron a poder manifestarse públicamente en numerosas ciudades. En 1989 en Moscú se formó una asociación para las minorías sexuales, “La Unión de los Gays y de las Lesbianas”. Su meta principal era conseguir la igualdad entre las minorías y las personas de la sexualidad tradicional. Sin embargo la UGL se fracturó y de ella nación “La Unión de Lesbianas y Homosexuales de Moscú”, cuyo líder era redactor jefe de la revista “Tema”. La aparición tanto de la asociación como de la revista abrió ante la comunidad gay un mundo de posibilidades. Apoyada y financiada por las asociaciones homosexuales del occidente, ULHM comenzó a organizar manifestaciones con pancartas dedicadas más bien a las cámaras extranjeras y no a las rusas.
            Se olvidaron, sin embargo, de que Moscú no era San Francisco y allí el radicalismo político no siempre trae los resultados esperados. Sus peticiones, como la legalización de las drogas y de la prostitución vinculaban estos últimos a su sexualidad, provocando el rechazo social y trayendo estereotipos peligrosamente incorrectos. Se empezó a relacionar la homosexualidad con la necrofilia, la pedofilia y la zoofilia.
            La mayor victoria de las asociaciones homosexuales era la creación de su propia prensa que publicaba artículos y fotografías, entrevistas y consejos médicos, anuncios de preservativos y narraciones eróticas. Sin embargo, perdían bastante en cuanto a la asociación política. Probablemente, entre muchas razones, la principal consistía en su continuo intento de copiarse de la experiencia americana. Las primeras asociaciones estadounidenses eran humildes y tímidas, comenzaban apoyándose en sus propias fuerzas para luego ser acogidas entre los brazos de personas ricas, con contactos y la necesaria financiación. Los líderes rusos intentaban saltar el primer paso, buscando el apoyo directo del extranjero, que resultó ser insuficiente. Muchos líderes intentaban satisfacer sus ambiciones políticas, otros, conseguir contactos en el extranjero y abandonar el país.
            Además, cabe tener en cuenta que la mentalidad americana se diferencia bastante de la rusa. Los “azules” rusos que se mueven en el mundo del arte y cultura no se manifiestan, pues temen las consecuencias y, además, prefieren no exteriorizar su vida privada. La comercialización de su sexualidad les impacta y les asusta. Los bares y las discotecas “azules” suelen ser visitadas por los “nuevos rusos” (pertenecientes a la oligarquía de las últimas décadas), los extranjeros y los más jóvenes. Obviamente esto no se podía comparar con los puntos de encuentro de 1991, pero seguía sin ser suficiente.
            El “gay community” ruso es bastante pobre actualmente en comparación con 1991. No se debe al carácter de los homosexuales rusos, sino al carácter de la sociedad rusa en general, que desconfía de todas las organizaciones y asociaciones, duramente castigada por la experiencia soviética.
            Cosas como la ley que condena la propaganda homosexual en Rusia no ayudan precisamente a las minorías. La asociación rusa “Lesbianas, gays, transexuales y bisexuales” boicoteó los JJOO en Sochi  como forma de protesta ante dicha ley. Y es que, últimamente en los países europeos o en los Estados Unidos cada vez se ofrecen más y más derechos a los homosexuales, mientras tanto en Rusia se decidió caminar en dirección contraria, prohibiendo la manifestación pública de la homosexualidad en todo el país. Por ejemplo, un panfleto indicando que la homosexualidad no es una creación demoníaca sería ilegal en Rusia. Y para colmo, el sistema judicial nacional prohíbe cualquier tipo de “gay parade” en pleno siglo XXI, algo criticado y juzgado por el Consejo Europeo y la Unión Europea. Recordemos, por cierto, que EEUU se negó a cooperar con Rusia tras la legalización de esta ley en los ámbitos de los derechos humanos. Otra ley homófoba de Putin prohíbe la adopción de niños rusos por homosexuales extranjeros. Las demás propuestas pretenden impedir a los homosexuales donar sangre y retirar la patria potestad a padres homosexuales. 


            ¿Cuáles son las razones de lo que está sucediendo actualmente en Rusia? ¿El legado soviético? ¿La fracturación económica? ¿La fuerza de la Iglesia Ortodoxa? ¿Los intereses políticos? ¿Hasta cuándo alimentará Rusia su monstruo de la homofobia? ¿Hasta cuando vivirá atrapada en un entorno hostil lleno de prejuicios y violencia? ¿Cuándo recuperará su humanidad?